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domingo, 25 de octubre de 2015

Acoso de una noche de otoño



El viernes noche viví una experiencia que no quiero repetir, y he decidido compartirla. Antes de nada, destacar que es real, que me pasó a mí, no es algo "que me haya contado que le paso a una amiga de una amiga", así que las palabras y pensamientos están totalmente en primera persona.

El viernes quedé con una amiga para pasear a sus perritos e irnos a bailar. Hasta aquí todo normal, ¿no? Las 2 teníamos poca batería en el móvil, así que nos avisamos de que iríamos sin el teléfono y quedamos en el canódromo de Fabra i Puig. Total, la gente ha pasado siglos quedando sin necesidad de llevar un móvil encima.

Yo fui hacía lo que creía que era el canódromo, el lugar donde habitualmente vamos a pasear a sus perros, y no estaba allí. Le pregunté a una chica que estaba paseando a sus perros y me dijo que me había equivocado, que el canódromo estaba en la otra dirección, que yo estaba en Can Dragó. Los que me conozcáis sabéis que el día que repartieron sentido de la orientación yo llegué tarde. 

En fin, giré sobre mis pasos y me empezó a seguir un tipo. Y me preguntó "Ey, guapa, ¿a dónde vas?". Con ese tono medio lascivo que, por desgracia, muchas chicas conocemos demasiado bien (sí, por si me preguntáis, considero que eso es violencia, en el momento que me haces sentir incómoda, o siento como una agresión).
Sin dejar de andar, respondí de malas maneras (sí, porque si me hablan mal, y es un desconocido, y me siento agredida, no voy a ser la más simpática del mundo)
- No es asunto tuyo.
- Va, guapa, no seas así, eres muy guapa, quiero conocerte (todo con el mismo tonito asqueroso antes descrito).
- Yo ya tengo demasiados conocidos.
- Ven, que quiero follarte.
Así, tal cual. Poesía de calidad. Ahí me pare y le solté una retahíla de insultos que no sabía ni que conocía, y su respuesta, fue igual de profunda: "Estás mal follada".

Entonces empezó a seguirme. Antes de las 2 manzanas, cogí mis llaves y me las intercalé entre los dedos, por si tenía que darle en un momento dado, darle con algo más contundente que mis nudillos desnudos e intentar acertarle a los ojos. Que a lo mejor servía de poco, pero mejor eso que nada. Y en ese momento lamenté no llevar el móvil, no para llamar a mi amiga, porque sabía que tampoco lo llevaba, sino para llamar a unos amigos que viven cerca mío y decirles, simplemente, que me estaba siguiendo un tipo asqueroso y que si me podían acompañar, o darle una paliza y arrancarle las piernas. Perdón por la falta de sutileza, pero alguien que se dedica a perseguir chicas por la noche no se merece ni el privilegio de respirar. 

No tuve miedo. Me dio mal rollo, obviamente. Pero por curioso que parezca, no llegué a tener miedo en ningún momento. Quizás porque sé que si me veo amenazada, tengo un pronto muy malo, porque repasé los golpes que podría darle o cómo podría romperle la mano si me agarraba del pelo (sí, para todos los que me han dicho alguna vez que el judo no sirve de nada, a mí, por lo menos, me dio seguridad).

Llegué hasta el canódromo y un chico que estaba paseando a su perro con su hijo me dijo que mi amiga había ido a dejar a las perras y ahora venía (recordad, a todo esto, que yo me había perdido). Le dije que si no le importaba que me quedase con ellos, que me estaba siguiendo un tipo diciendo que quería follarme y prefería no estar sola, dado que esta clase de energúmenos se achican a la que ven que estás con más gente. Me quedé con él, sin problemas, e incluso me ofreció su móvil para llamar a mi amiga (milagrosamente, me sabía su número) y decirle que estaba en el canódromo. A todo esto, el tipo se asomó por detrás del edificio y, al verme acompañada, se largó.

Esto que apenas se relata en una página fueron como 15 minutos de persecución. 

Y aquí es cuando recuerdo un debate que se formó con otra amiga. Estamos hablando de andar por la calle. De el simple hecho de andar por la calle con tranquilidad, sin necesidad de tener todas las alarmas puestas, midiendo a las personas que te cruzas para valorar el grado de daño que te podrían hacer. 

Por cierto, antes de que algún gracioso haga la pregunta de turno, no, no iba provocativa ni mucho menos (y aunque lo hubiera ido, faltaría más). Iba con pantalones de excavar, que son algo así como el anti sexy, y una sudadera, además de una cara de cansancio absoluto después de un día entero de excursión.

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